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“Aprender a aprender”: cómo transformar las prácticas en la era de la fluidez

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Ya en 1996, Jacques Delors nos decía que uno de los pilares en los que debería apoyarse la educación para el siglo XXI era “aprender a aprender”. Veintitrés años después, la brecha que existe entre lo que los alumnos necesitan y lo que la escuela ofrece es suficientemente amplia como para detenernos a pensar qué podemos hacer en concreto hoy en nuestras aulas para trabajar con los niños que las habitan.

La construcción de la Argentina del mañana se gesta en las aulas, pero esta transformación requiere muchísimo esfuerzo y valentía.

Necesitamos preparar a los chicos para las cosas que realmente la vida les demanda, en un mundo que se torna cada día más y más incierto. Para lograr este objetivo, nada mejor que aprender a seguir aprendiendo, como docentes, para poder transmitirlo a nuestros alumnos, y, como alumnos, para poder adecuarse a la demanda que tendrán en el futuro.

Hoy los datos que queramos saber los tenemos a un “click” de distancia, pero las habilidades necesarias para pertenecer al mundo real, al mundo del trabajo, al mundo social, no las brinda ningún ordenador.

Es necesario que los docentes puedan deconstruirse para poder desarrollar en sus alumnos nuevas capacidades. Tenemos que prepararlos para un mundo que no tenemos idea de cómo va a ser. Lo que podemos aseverar es que al ritmo vertiginoso que vamos será claramente muy diferente y allí las demandas laborales y sociales serán otras. Este desafío asusta; por eso se requiere valentía y “no vale” el temor a equivocarse.

Hoy los alumnos están siendo preparados para los trabajos del pasado. Esto es una responsabilidad muy grande que el Estado y el sistema educativo tienen que asumir; pero, más allá de eso, cada docente desde su rol debe hacer la diferencia, ya que los cambios se gestan de “abajo hacia arriba”.

  No da lo mismo seguir enseñando con viejos patrones que funcionan con unos pocos y como resultado de la repetición. Necesitamos enseñar a pensar, a debatir, a refutar, a escuchar diferentes voces, a hacer oír la voz de cada uno de nuestros chicos, pero sabiendo que no existe innovación sin error.

Se hace necesario descubrir “el innovador” que tenemos dentro ya que “no hay acción innovadora posible con personas “oxidadas”.

“Nuestro éxito y satisfacción futura radica en entender la dinámica de los cambios para tomar hoy las decisiones que moldeen nuestro mañana” (Bilinkis 2019)

El filósofo francés Jacques Ranciére entiende por inteligencia la atención y la búsqueda. Sólo hay conciencia de emancipación si elaboramos el inventario de las competencias intelectuales: ver, comparar, buscar, ver hechos semejantes, buscar la causa, atender a lo que se hace. Este inventario de las competencias intelectuales hace al sujeto inteligente.

Muchas veces, más de las que nos gustaría, ésto no sucede en las aulas, ya que las actividades que el docente planifica tienen más que ver con la escuela del pasado “no tan pasado en el ámbito escolar”; entonces caemos en la falta de tiempo, en completar un cuestionario pero sin poder debatirlo, porque aunque nos esforcemos en querer lograrlo es difícil cambiar el “tengo que llegar con el programa” ese “chip” que tenemos los docentes (especialmente de Nivel Primario y Medio) naturalmente asumido y la propia biografía escolar del maestro transitada en la escuela tradicional.

Muchas de las actividades que necesitan nuestros chicos parecería que nos hacen “perder tiempo” y a esto se le agrega que muchas de las grandes oportunidades que los docentes arriesgados e innovadores se atreven a llevar a la práctica dejan poca huella escrita en el cuaderno o carpeta, porque la mayoría de las situaciones potentes que suceden en un aula hoy no se escriben, se viven.

Tenemos que desarrollar en nuestros alumnos nuevas capacidades. Aprender a aprender se torna imprescindible en nuestros días.  De lo que se trata es de tomar a los actos intelectuales como vuelta sobre sí; se trata de la atención hacia los propios actos y a la posibilidad de avanzar, usando la misma inteligencia en la conquista de nuevos territorios.

Cambiar, reinventarse, transformarse. Saber cuál es el punto de partida y adonde queremos llegar.

“Esta es una de las características de los tiempos actuales. No hay tiempo de interrogar los significantes que circulan, porque todo sucede vertiginosamente”. (Hebe Tizio)

Interpelar la función docente en tiempos de incertidumbre, en este mundo líquido que habitamos donde los vínculos están fragmentados, nos presenta una escuela cuya  función se ha modificado; impone una interrogación y un desplazamiento, para pensar por un lado una forma de composición de los tiempos contemporáneos y, por otra parte, interrogar esa forma particular de abismo entre lo que se espera que ocurra y lo que efectivamente pasa en las aulas.

Para Sigmund Freud el psicoanálisis, la educación y el acto de gobernar son profesiones imposibles: por bien que se las practique, siempre habrá algo no-logrado; el resultado obtenido siempre diferirá del esperado; habrá falla en la adecuación, lo que obligará a psicoanalistas, educadores y gobernantes a encontrar una “forma de hacer” con eso imposible.

Por eso, debemos enfocarnos en lo importante, ¿qué vamos a hacer con eso imposible? Vayamos paso a paso pero sin detenernos. Los cambios no se logran de un día para el otro. El crecimiento es responsabilidad de cada individuo y debe ser intencional.

Ser docente en tiempos de incertidumbre requiere pasión, valentía, esfuerzo y cuando te apasiona lo que hacés  se contagia y como aprendemos mejor con otros que en soledad, los invito a formar equipos. Nada fácil, por cierto, pero trabajar en comunidad para que los alumnos de hoy puedan ser constructores de un mañana mejor.

Lic.  Andrea F. Rossi/Directora Instituto Divina Providencia