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Aprender “intensamente” – Un proyecto con foco en la contención afectiva

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Un programa de capacitación de directivos abrió nuevos horizontes en una escuela mendocina ubicada al pie de la montaña y golpeada por la deserción y la pobreza. El equipo de conducción escolar partió de un diagnóstico de la realidad y desarrolló un proyecto que ayudó a interesar a los alumnos e incrementó los niveles de asistencia.

Identificar las emociones, ponerles cara y transformarlas en un títere de papel. El amor, la bronca, la felicidad o la mentira fueron representados de esa manera por los chicos de sexto y séptimo grado de la Escuela Bandera Argentina de Godoy Cruz, en la Provincia de Mendoza.

En láminas que trabajaron en clase, los alumnos buscaron el significado de la emoción elegida y comenzaron a contar qué sienten. El proyecto “Vivimos desde las emociones” es una de las iniciativas que sirvieron para que chicos, muchos de ellos hijos de padres judicializados y con una asistencia discontinua a la escuela, reflexionaran sobre sus sentimientos y vencieran trabas en el aprendizaje.

La idea de involucrar a los alumnos de esta escuela a través de trabajos alternativos fue planteada y desarrollada por un grupo de trabajo conducido por Marisa Brondino y Claudia Martínez, directora y vicedirectora del establecimiento. Ambas aplicaron de esa manera lo aprendido en el Programa de Liderazgo e Innovación Educativa (PLIE) que se desarrolla en las provincias de Mendoza, Salta, Jujuy y Corrientes con el fin de capacitar a directivos de escuelas de distintas modalidades y niveles. El curso, llevado adelante por la Fundación Varkey desde hace dos años, consiste en seis semanas de clases presenciales y un año de interacción virtual y seguimiento del proyecto.

Revista COLEGIO visitó la Escuela Bandera Argentina para conocer la aplicación de un trabajo puntual en Mendoza, una provincia donde ya fueron capacitados 900 directivos.

“La capacitación nos ayudó a ver la forma de mejorar el rendimiento y a renovar las practicas áulicas en función del contexto”, explicó a Colegio la directora de la escuela.

Brondino ejemplificó la diversidad de desafíos cotidianos con una situación que se les presentó recientemente en la escuela. “Hace poco un chico se bajó los pantalones en el medio del patio. Sabíamos que no podíamos retarlo, que teníamos que entender que está acostumbrado a hacer sus necesidades en cualquier lado porque en su casa, lamentablemente, no tiene un baño. Entonces, comenzamos por enseñarle hábitos. Y entre todos vimos cómo renovar nuestras prácticas para abordar lo mejor posible este tipo de realidades”.

El proyecto del equipo directivo hace foco en la contención afectiva. A partir de los títeres, de juegos, botellitas de colores o rondas en las que invitan a participar a los padres, sus alumnos empezaron a expresarse, a no sentirse avergonzados y a tener más ganas de ir a la escuela.

El logro es significativo. Hasta la implementación del proyecto, los chicos solían asistir a clases solo dos o tres veces por semana.

La mayoría de la matrícula, que alcanza los 270 alumnos, vive en el asentamiento del Viejo Pozo, en el Pedemonte de Godoy Cruz. A pesar de estar ubicado a unos 20 kilómetros del centro de la ciudad de Mendoza y tener una vista privilegiada al pie de la montaña, el barrio no cuenta con el servicio de agua potable, cloacas, ni teléfono. Las casas son de chapa, no tienen baños y el piso está cubierto de cartones.

La escuela también está ubicada en un pozo. Hasta que la directora puso un gran cartel en el frente del establecimiento, en el barrio la conocían como “la escuela invisible”. De hecho, si uno mira desde la vereda, donde corre la típica acequia mendocina, el edificio no se llega a ver.

La forma en que la identificaban parecía un reflejo de la sensación de la comunidad de sentirse muchas veces inadvertida.

Brondino y Martínez tienen una larga trayectoria en educación pero ambas coinciden en haber reforzado habilidades que generaron un trabajo en equipo con un gran impacto en la valoración de su escuela.

“El espacio para reflexionar sobre las emociones quedó como una rutina, así como la ronda al comienzo de las jornadas de cada viernes”, contó Martínez. A medida que los chicos iban teniendo mayor participación y mejoraban su asistencia, los docentes pudieron incorporar otros contenidos. Todo fue más fácil. Incorporaron el uso de Tics, del carro digital y las charlas de Educación Sexual Integral (ESI).

Poco a poco la escuela fue fortaleciendo su identidad y las familias poco interesadas en las trayectorias escolares de los chicos comenzaron a involucrarse más. “A ellos les encantó la idea de identificar las emociones. Algunas les costaban más, como la palabra ternura”, confía la directora. Así, aparecieron la mentira, el enojo, la maldad pero también pudieron describir la felicidad, la alegría y soñar con todo aquello que los hace sentir mejor. Reflexionaron sobre sus vidas y pudieron conectar con el aprendizaje.

“Los chicos vienen de lejos y nosotros siempre los recibimos con los brazos abiertos -cuenta la vicedirectora- Ellos saben que la escuela es un lugar especial pero habernos capacitado en liderazgo e innovación nos ayudó a ampliar nuestra mirada para encarar las dificultades específicas”.

Nota. María Julia Mastromarino

Especial desde Godoy Cruz, Provincia de Mendoza.A