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“LA ESCUELA DEBE DESARROLLAR EL PROYECTO VITAL DE LAS PERSONAS”

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Josep Menéndez estuvo en la Argentina brindando sus experiencias y una capacitación en el Master de Liderazgo
Educativo de la Universidad de San Andrés. Revista COLEGIO aprovechó su estadía en Buenos Aires para compartir una charla profunda sobre educación junto al reconocido catalán, especialista en materias de gestión educativa, cambio, desarrollo organizacional y liderazgo educativo en España, Portugal y diversos países de Latinoamérica.

Josep “Pepe” Menéndez es un referente de la innovación educativa. Nacido en Cataluña, se formó en valores en la filosofía jesuita. Tuve la oportunidad de conocerlo personalmente en 2018, en un viaje impulsado por EPEA para visitar escuelas en la ciudad de Barcelona y profundizar sobre el modelo innovador catalán. Allí se originó una relación de empatía (redes sociales mediante), que nos permitió observar la forma en que -como miembro del equipo directivo de Jesuïtes Educació, que impulsó el proyecto “Horitzó 2020” para actualizar el sistema educativo catalán- este especialista vuelca su capacidad y sus experiencias en varios países de Latinoamérica.

Como quien le da la bienvenida a los buenos amigos, conversamos de educación, música, teatro y hasta de Leo Messi…

“El proyecto Horitzó 2020 nació por encargo del Provincial de los colegios Jesuitas de Cataluña, también promovido por la llegada de los refugiados que llegarían a Europa de forma masiva, y que está generando un gran movimiento migratorio en el mundo entero. Coincidimos entonces en que lo más importante sería la educación del proyecto de vida de las personas, en un contexto donde la tecnología y la diversidad cultural impactarían de manera caótica”, cuenta “Pepe” Menéndez, y agrega que ése “debe ser el propósito de la educación actual, con una mirada real hacia la educación del futuro”.

Josep Menéndez leyendo la revista Colegio N°80
Josep Menéndez leyendo la revista Colegio N°80

Es que, “para los Jesuitas, la persona ha sido siempre el centro de la atención, con base en dos fuertes columnas: la creatividad, y la construcción de ciudadanía, porque necesitamos personas capaces de transformar la realidad que nos rodea. Trabajamos para lograr una escuela con una educación integral. El cambio no es simplemente técnico; no se consigue con pequeñas acciones aisladas, sino que es un cambio participativo, sistémico y disruptivo en toda la cultura organizacional en la cual hay una nueva mirada de las personas”, detalla. En ese contexto, se erige “una coalición entre los alumnos, los educadores, los padres, las madres y las autoridades, que se abren y permiten un cambio participativo tirando todos para el mismo lado. Y, al cambiar la relación con el otro, todo se transforma: cambia el foco del enseñar al aprender, teniendo en cuenta al alumno como persona que desarrolla todo su potencial”.

-¿Cuál sería el mayor reto de la escuela hoy?

La escuela del siglo XIX y XX fue la de la post Revolución Industrial, donde cada alumno se asemejaba a un tornillo
que debía encajar como un eslabón en la cadena de producción en serie. La escuela necesitaba una transformación profunda del proceso de enseñanza y aprendizaje, y es en este sentido que como educadores hemos comprendido que debemos ser los ingenieros y constructores de la nueva educación del siglo XXI.

Quizás nos podamos plantear que podemos hacer mejor las cosas todos los días y no hacer siempre lo mismo. Quizás nos demos cuenta así de que todos los alumnos tienen el mismo derecho de aprender y que estamos en un proceso de transformación profunda. Para ello necesitamos cuestionarnos, revisarnos como sociedad y empezar a escuchar más al otro. De esa manera, no exigiremos respuestas sino que tendremos una actitud más comprometida, más  participativa, que nos lleve a acciones, a logros y mejores resultados, pero ya no desde la queja o la exigencia sino cambiando el paradigma desde el cual operan los adultos, por ejemplo padres que desvalorizan la tarea docente por aquellos que la revaloricen, o docentes que se revisen por una actitud más comprometida con su vocación. Si pretendo transformar y darle validez al trabajo de mis docentes debo mantener ese esfuerzo de cambio en el tiempo desde la actitud del directivo.

Es muy probable que las personas que vivan en el siglo XXI sean más longevas y que su formación no termine en
la etapa escolar, que no sea solamente una mera acumulación de conocimientos sino que la educación del futuro
fomente la capacidad de pensar y trabajar colaborativamente, porque el aprendizaje es social: aprendés con
otro y madurás para saber elegir un trabajo, una pareja, un lugar para vivir y tener hijos que sean ciudadanos
capaces de transformar al otro y potenciarlo a cambiar una sociedad, un país y el mundo para bien. Si no quieres potenciar a nadie ni cambiar nada, pues es simple: no seas educador porque no es lo tuyo.

-Además de la fuerte corriente migratoria y del impacto de la tecnología, ¿qué otras problemáticas inspiraron el proyecto innovador en Cataluña?

La llama inspiradora de Horitzó 2020 fue darle otra mirada a la educación, y que no esté centrada en los resultados académicos sino en ser relevantes en el impacto sobre la formación integral de los alumnos. Entendemos que conocimientos, competencias, carácter, personalidad y proyecto de vida se van construyendo en toda la etapa de la educación obligatoria. Aparecen dos elementos de cambio de contexto: la tecnología y los movimientos migratorios, enorme diversidad cultural que impacta en los modos de vida, de construir familia, de entender la sexualidad.

"Pepe" Menéndez junto a Marcelo Rivera, director de Revista Colegio
«Pepe» Menéndez junto a Marcelo Rivera, director de Revista Colegio

Entendimos que se trataba de un proceso de cambio cultural. Luego tenemos que estimular un proceso de desaprendizaje, de transformación personal; de mirar las cosas de manera diferente. Hicimos varios caminos paralelos: Un gran proceso de participación con alumnos y familias, para evaluar cómo soñaban la educación; y un proceso de auditoría,donde los directivos analizaban los últimos 50 años de la educación jesuita en Cataluña, generando seminarios, con visitas a otras experiencias educativas. Esto fue construyendo un proceso de cambio muy fuerte, que teníamos que hacer en red.

– ¿Cómo empezaron a implementar el proyecto?

Surgió un prototipo en la etapa de mayor dificultad en España, que es el pase de la Primaria a la Secundaria, de los
10 a los 14 años. Fue un primer impacto fuerte. Le llamamos la NEI (Nueva Etapa Intermedia) y contemplaba un
programa de incorporación de profesores completamente diferente, un proceso de desaprendizaje, de encuentro con
uno mismo, con su vocación para aplicar luego la metodología. Esa práctica introspectiva del docente la difundimos
entre toda la educación, aunque los maestros no estuvieran involucrados en un cambio concreto.

-¿Cómo tomaron los padres este nuevo modelo?

El rol de los padres también fue preponderante a la hora de poder implementar el cambio educativo. Mientras pensábamos en lo que queríamos hacer nos reuníamos con ellos para definir qué tipo de educación queríamos. Nos encontramos con muchas familias agradecidas por traer a sus hijos a un colegio en donde en un momento de crisis fuerte pensábamos en su futuro. Se tuvieron en cuenta una diversidad de metodologías de aprendizaje, la centralidad del alumno, aprender más sobre la experiencia, con más empuje al aprendizaje social, interdisciplinario, trabajo con proyectos. Insistimos mucho en el qué quiero. El cómo tiene que ver con la implementación.

-¿Y los docentes? ¿Fueron resistentes o se adaptaron rápidamente?

Fue un verdadero desafío, para que no sientan que el modelo atentaba contra el poder del profesor en el aula. Juan Carlos Tedesco (quien fuera ministro de Educación de la Nación) me dijo oportunamente que le llamaba la atención que hayamos sido capaces de modificar el rol de los profesores sobre sus asignaturas en el aula, ya que los propios equipos directivos debían renunciar a su poder para trabajar en red. La mayoría de los docentes coincidió en que, si bien cuesta mucho al principio compartir esta implementación en el aula, no volverían atrás, ya que de esta  manera aprendían más y disfrutaban de trabajar junto a sus colegas. El foco pasó de los contenidos y los resultados académicos a los impactos sobre las personas, buscando un perfil del egresado.

– ¿Cuál fue la actitud de los directivos frente a los funcionarios de Gobierno y los inspectores?

Los directivos, por su parte, también acompañaron el cambio de paradigma. La entonces ministro de Educación del Gobierno de Cataluña nos pidió que fuéramos leales con los supervisores, que no ocultáramos lo que estábamos haciendo. Tuvimos la gran fortuna de tener tres inspectoras entusiasmadas con el cambio. Algunas veces hubo dificultades como en cualquier proceso de cambio, por ejemplo ante la remodelación de los espacios de aprendizaje. Cuestionaban que faltaban paredes, que había grupos muy numerosos y un horario que se había reconstruido completamente. Sin embargo, nos trajeron incluso a otros supervisores a visitar el proyecto. El cambio se convirtió en nuestra mejor carta de presentación. También hubo algunos comentarios negativos que decían que el nuevo modelo no se adaptaba a la normativa, pero como en Cataluña había un gran movimiento de cambio se ha generado un tsunami de transformación que ha costado mucho parar.

-¿Los alumnos se adaptaron rápidamente? ¿Cómo reaccionaron?

El impacto fue inmediato. Los alumnos son los aliados incondicionales. Para los chicos de 10, 12 años, el hecho de llevarlos a espacios abiertos y de colores para compartir los aprendizajes fue muy positivo, al igual que trabajar por proyectos, sin tantas horas de charlas magistrales. Los alumnos se sentían más relajados, se integraban mejor; había menos conflictos en el aula. Algunos debieron adaptarse al ritmo de otros, pero hasta algunas dificultades de aprendizaje quedaron mejor integradas. Había familias que descubrieron el modelo innovador y optaron por traer a sus hijos, quienes tenían dificultades de aprendizaje en otras escuelas.

-¿Cuál es su opinión sobre las pruebas normalizadas?

Aquí en Argentina me hicieron varias veces esa pregunta. Consultaron mi opinión tanto desde el Gobierno de la
ciudad como de Provincia y Nación. Creo que las pruebas de competencias básicas son una parte de la foto, siempre
que no se conviertan en algo tan constante, que al final los profesores trabajamos para que los alumnos tengan
resultados satisfactorios. Me he enterado de las pruebas Aprender pero no tengo el conocimiento técnico como
para emitir un juicio. Las pruebas no pueden ser un fin en sí mismas. Creo que el propósito de la educación es mucho más amplio. Aprendemos desde lo que somos, no desde lo que deberíamos ser.

-Ya que estuvo en contacto con las autoridades, ¿cómo observa a la educación en Argentina?

Veo en Argentina grandísimos retos por la dimensión de la población, por las propias condiciones económicas, estructurales y sociales del país. Argentina debe dar ese salto. Tiene el reto de conseguir que los chicos no abandonen
la educación, que no haya tanto fracaso. En estos días he compartido en la Universidad de San Andrés unas jornadas con directores y directoras de escuelas públicas y privadas que se estaban formando y percibí esa movilización,
esa inquietud por hacer cosas diferentes para conseguir mejores resultados. Si siguen haciendo lo mismo seguirán
con la misma problemática de deserción escolar. Creo que hay que manejarse por dos carriles, que serían la mejora
en la implementación de las metodologías y la reivindicación salarial, estructural, pero deben funcionar al mismo
tiempo; sólo reivindicando no conseguiremos ninguna mejora en el sistema educativo. En todo el mundo se está
viviendo este deseo de que la educación debe cambiar, no sólo en Argentina o en España, donde en varias comunidades que no cambiaron el sistema se sigue observando alta deserción escolar. La escuela debe replantearse cuál es su verdadera misión y ser un propósito más al servicio de la vida de los alumnos y la ciudadanía, y es lo que nos debe ayudar a mejorar.

-Desde lo ontológico, ¿cuál sería la misión de la escuela hoy?

A todos los que me preguntan cómo empezamos a innovar lo primero que les digo es que debemos dedicarle tiempo
al qué, al propósito, qué imaginamos que es lo esencial de una educación obligatoria (de los 3 a los 18 años) que dejará realmente una posibilidad de crecimiento de las personas y de la sociedad. Suele pasarnos que formulamos una misión educativa ambiciosa pero cerramos el libro de la misión, abrimos el de la programación, de los horarios y asignaturas, y se nos olvida completamente el propósito.

Ahí está la gran contradicción. Si tengo claro el propósito y voy enumerando el perfil del egresado, la imagen de la experiencia educativa que me gustaría que viviese, empiezo a establecer cómo puedo organizar los horarios, cómo redistribuir los recursos que tengo (profesores, horas de clase, asignaturas, tecnología). Esos recursos hay que empezar a imaginarlos de otra manera. Ése es el cambio cultural. Ahí está la clave de lo que moviliza el cambio.

Nota: Marcelo Rivera