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Pepe Menéndez – “El sentido de la escuela debe ser desarrollar el proyecto vital de la persona”

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“La escuela del siglo XIX y XX fue la escuela de la post revolución industrial, donde cada alumno se asemejaba a un tornillo que debía encajar como un eslabón en la cadena de producción en serie. La realidad es que la escuela necesitaba una transformación profunda del proceso de enseñanza y aprendizaje, y es en este sentido que como educadores nos hemos dado cuenta que debemos ser los ingenieros y constructores de la nueva educación del siglo XXI.

Hemos coincidido que el sentido de la escuela debe ser el desarrollo del proyecto vital de las personas, éste nos parece que debe ser el propósito de la educación de hoy con una mirada real hacia la educación del futuro.

Para los Jesuitas, la persona humana ha sido siempre el centro de la atención, colocando base en dos fuertes columnas. En nuestra cultura jesuita, la primer columna es la creatividad. Siempre ha sido ponderada, desde su significado más profundo, es decir la persona que custodia, que valora la creación como lo más significativo de la vida.

Y el otro gran elemento basal donde se apoyaría la escuela del futuro es la construcción de ciudadanía. Porque necesitamos personas transformadoras, capaces de transformar la realidad que nos rodea para mejorarla, para cambiar el mundo para bien.

Trabajamos entonces para lograr una escuela que proponga una educación integral y este cambio no es opcional para nosotros, no es simplemente técnico, no lo conseguiremos con pequeñas acciones aisladas. Es un cambio participativo, sistémico y disruptivo. Es un cambio en toda la cultura organizacional en la cual hay una nueva mirada de las personas. Se erige una coalición entre los alumnos, los educadores los padres, las madres y las autoridades que se abren y permiten un cambio participativo tirando todos para el mismo lado. Y al cambiar la relación con el otro cambia todo. Cambia el foco del enseñar al aprender, cambia enfocando al alumno como persona que desarrolla todo su potencial, y así cambia el aula, cambia la escuela y potencia su comunidad.

¿Cuál será el mayor reto de esta escuela de hoy? Quizás que nos podamos plantear que podemos hacer mejor las cosas todos los días y no hacer siempre lo mismo, quizás que todos los alumnos tienen el mismo derecho de aprender o quizás darnos cuenta que estamos en un proceso de transformación profunda. Para ello necesitamos preguntarnos, revisarnos como sociedad y empezar a escuchar más al otro. De esa manera no exigiremos respuestas sino que tendremos una actitud más comprometida, más participativa que nos lleve a acciones, a logros y resultados, pero ya no desde la queja o desde la exigencia. Nos podremos conectar con el proyecto de visa de los alumnos y que ellos dejen de parecer distantes. Cambiando el marco mental de los adultos, de padres que desvaloricen la tarea docente por padres que la revaloricen. Por docentes que se revisen por una actitud más comprometida con su vocación. Y si pretendo transformar y darle validez al trabajo de mis docentes debo mantener ese esfuerzo de cambio en el tiempo.

Es muy probable que las personas que vivan en el siglo XXI sean más longevas y que su formación no termine en la etapa escolar, que no sea solamente una mera acumulación de conocimientos hasta los 16 ó 17 años, sino que la educación del futuro fomente la capacidad de pensar, de trabajar colaborativamente, porque el aprendizaje es social: aprendes con otro, y maduras para saber elegir: un trabajo, una pareja, un lugar para vivir y tener hijos que sean ciudadanos capaces de transformar al otro y potenciarlo, a cambiar una sociedad para bien, y así un país y al mundo.

Y si no quieres potenciar a nadie ni cambiar nada, pues es simple: no seas educador porque no es lo tuyo”.