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SANTIAGO KOVADLOFF: “MAESTRO ES EL QUE TRANSMITE LA EMOCIÓN DE APRENDER”

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El ensayista Santiago Kovadloff abrió con su conferencia denominada “Aprender a Aprender” el XVII Encuentro Federal de Escuelas Públicas de Gestión Privada organizado por COORDIEP (Junta Coordinadora de Asociaciones de la Enseñanza Privada de la República Argentina) en Puerto Iguazú (Misiones). Revista COLEGIO viajó a esa hermosa provincia para cubrir las alternativas y dialogar con uno de los hombres más destacados de la poesía y el pensamiento contemporáneo.

Durante su conferencia, el poeta, ensayista, autor de relatos para niños y traductor de lengua portuguesa, entre sus múltiples cualidades,  abrió con su voz potente e inconfundible el XVII Encuentro Federal de COORDIEP, donde resaltó que “quien de veras educa no alcanza nunca el objetivo que se propone. Se consagra a perfeccionarlo y ese perfeccionamiento es incesante” y que “un maestro no es el que transmite un saber; es el que transmite la emoción de aprender”.

«Circula con profusión una expresión desafortunada que dice que hay una filosofía de la educación. Se trata de una tautología. La filosofía es educación porque es amor al saber, que tiene dos rasgos: su tenacidad y su imposibilidad de consumarse. No es posible consumar el amor al saber. Quien de veras enseña no alcanza nunca el objetivo que se propone. Se consagra a perfeccionarlo y ese perfeccionamiento es incesante. Es el rasgo distintivo de la palabra amor. Cuando decimos ‘te quiero’ estamos diciendo ‘no te tengo’. Quien de veras quiere no tiene. Querer a alguien es no poder apoderarse de él. Donde importa el amor se impone la imposibilidad de apropiarse del que nos interesa. Podemos apropiarnos de objetos, cosas donde prepondere la indiferencia o la apatía, pero nadie que nos importe puede ser nuestro. Está con nosotros, se vincula, se halla en relación con nosotros pero porque nos importa no nos pertenece. Si vamos a concebir la educación como un acto amoroso es porque vamos a intentar una aproximación permanente, constante, apasionada a aquél que nos importa para entablar un vínculo equitativo y de interdependencia, donde la transmisión es una complicidad apasionada en el acto de aprender, que involucra por igual al que enseña y al que aprende.

Creo que aspirar a caracterizar la educación en el contexto de los desafíos contemporáneos implica por lo menos tomar en cuenta cuatro desafíos que deben estar presentes en todo lo que transmitamos, sea cual fuere la disciplina: la naturaleza, el progreso, el conocimiento y la globalización. Configuran la trama sustancial y fundante de cualquier aprendizaje contemporáneo, del orden que fuere: tradicional y tecnológico».

NATURALEZA

Durante centenares de miles de años, la naturaleza fue aquello donde el hombre ha intentado abrirse un lugar. Desde los albores del homo sapiens en adelante, ha sido marco del esfuerzo humano por generar una contraparte de lo natural que se llamó cultura: el resultado de la interacción del hombre con un contexto natural para generar condiciones favorables a la subsistencia humana, en el orden material y del sentido. Cuando sólo vivimos para garantizar nuestra subsistencia material duramos, pero la finalidad de la vida humana no es durar sino desplegarse incesantemente como tarea.

El ensayista Santiago Kovadloff junto a Marcelo Rivera, director de Revista Colegio
El ensayista Santiago Kovadloff junto a Marcelo Rivera, director de Revista Colegio
A partir del desarrollo de la era industrial empezó a perfilarse una pregunta inédita que alcanzó en el siglo pasado preeminencia dramática y es saber si hay lugar para la naturaleza en nuestra cultura. ¿Es aún posible la naturaleza en el mundo humano? El drama medioambiental pone de manifiesto hasta qué punto el hombre es un depredador. No sólo lleva a cabo las labores necesarias para asegurar su subsistencia  y la rentabilidad del medio ambiente sino que, además, es devastador. Tenemos que interrogarnos sobre esto si queremos educar. El problema medioambiental no es menor, saber si la Tierra será oída o no en su demanda de interlocución con el hombre. ¿Qué nos está diciendo la Tierra? ‘Cesen en su maltrato porque se las devuelvo y si no puedo subsistir ustedes tampoco podrán hacerlo’. Concebir a la naturaleza como objeto de dominio no es posible. Está dispuesta a seguir dándonos sus frutos si la oímos. Somos lo que hacemos de ella. Esa afirmación no es aún una vivencia difundida donde existe poder. Se suceden los encuentros y las cumbres en torno al problema medioambiental sin que se obre en consonancia con el hecho de que quedan poco más de dos décadas para tomar las medidas indispensables, a fin de que la temperatura medioambiental no ascienda a dos grados más y la Tierra deje de ser nuestra casa.
Educar es insistir ante nuestros hijos en la evidencia de que no somos filicidas y de que vamos a cuidar la Tierra porque es la casa de ellos también, que les vamos a dejar un mundo habitable y no el fruto de nuestra irresponsabilidad. ¿Lo lograremos? Es un desafío de nuestro tiempo pero está en juego el significado de nuestra descendencia. Si queremos un mundo mejor incidamos sobre el poder para que comprendan que su conducta está comprometiendo el porvenir de las generaciones venideras y prometámosle a esas generaciones un compromiso profundo para estar con ellos en la lucha contra este proyecto de apropiación criminal de la Tierra, que no es un objeto. Es nuestra casa, pero hay que entender que somos sus huéspedes momentáneos.

PROGRESO

El segundo desafío tiene que ver con el progreso. Hasta el advenimiento de la física nuclear y de las enseñanzas de Albert Einstein, el progreso fue entendido como la capacidad de resolver problemas. Aún hoy seguimos creyendo eso. La física contemporánea nos enseñó que hay progreso donde se produce el advenimiento de una solución para el problema pendiente y el descubrimiento de un problema inédito mediante la solución alcanzada. Encontrar soluciones es también descubrir problemas nuevos. Uno no desea que sus hijos no tengan problemas sino que los renueven. Un hijo debidamente apasionado es un hijo que ha renovado su repertorio problemático. Es mejor que no deje de tenerlos porque la creatividad es la capacidad de una resolución problemática.

Podemos decir que hemos modificado la noción del progreso de tal manera que lo que debemos enseñar es a tener preguntas. Las preguntas no vienen antes de las respuestas; vienen después. Toda pregunta acusa la presencia de una respuesta que ha caído en la disfuncionalidad. Si pregunto ¿qué sentido tiene mi vida? debo encontrarlo yo mediante el conocimiento pero es mi responsabilidad infundirle la respuesta que me dé sentido.

Enseñar a preguntar significa enseñar a hacerse cargo en forma responsable de la construcción de la propia vida como proyecto, en todas las materias. Enseñar esto es empezar por enseñar en qué consiste la soledad de nuestra especie.
El universo enseña también la Física; es un infinito en expansión. Si la Tierra está en ningún lugar es hora de que meditemos sobre esto. Somos aquel sitio del universo donde la conciencia de nuestra pertenencia al infinito está viva. Es indispensable que educar consista en enseñar a habitar lo imponderable también y que no hagamos del cálculo la apología de lo real. Está lo indescifrable. Indescifrable es el prójimo cuando me significa algo.
Somos tiempo.  Somos la única especie que sabe decir entre todas las especies vivas. Todas tienen conciencia (capacidad operativa) pero la nuestra sabe que sabe. Tenemos autoconciencia. Este pasaje es por lo menos un misterio. Si fuéremos conscientes de ese milagro entenderíamos un poco mejor que sea lo que fuere, lo que quepa enseñar en la época digital o no, es ante todo hacer personas; sin duda, capacitadas, idóneas para poder desempeñarse en el mercado laboral pero momentáneamente. Somos tiempo. Quien no lo sepa podrá ser muy idóneo en lo que hace pero estará ausente como sujeto.
Lo que el laboratorio nos entrega en términos de evidencia y realidad siendo imprescindible es insuficiente. Lo real excede el campo de la especialización. Sin especialistas no vamos a ningún lado pero con especialistas tampoco. Somos seres que conocen la perplejidad del asombro.
Un maestro no es el que transmite un saber; maestro es el que transmite la emoción de aprender. Cualquiera que haya enseñado historia sabe perfectamente que es posible dormir una clase de adolescentes enseñándoles el descubrimiento de América, excepto que la emoción de contarlo sea legada como un tesoro al que la escucha. Exige no sólo saber y responsabilidad sino también emoción. El profesionalismo puede comprometer la emoción de aprender. Necesitamos conocimiento digital pero ante todo personas que inspiren. Uno de los riesgos que vivimos es que la tecnocracia devore la responsabilidad de construir subjetividad. Confiemos en el conocimiento pero desconfiemos.
Cuando olvidamos el teléfono móvil nos perdemos. Hemos trasladado a los objetos la posibilidad de la identidad. Soy lo que tengo. ¿Se puede vivir sin lo que tenemos? No, pero primordialmente no somos objetos. Hemos concebido como objetos nuestras personas y la Tierra en que habitamos. Somos la única especie que tiene un lenguaje de significados móviles. El lenguaje depende de la tonalidad, entonación, contexto. Pertenecemos a un campo de significaciones móviles y tenemos que estar construyendo todo el tiempo la intención de nuestros enunciados. Las palabras son metáforas. No abarcan las cosas. Señalan en dirección a ellas.  Tenemos el sueño del monopolio de los significados. Uno termina aprendiendo que no es el dueño de su nombre. Nuestro reino es el de la interpretación, no de la literalidad.
Promover la interpretación en los que estudian es hacerlos responsables de crear significado. Las cosas no tienen un significado inequívoco. Es importante trasladarlo a la enseñanza mostrando que un texto nos es dado primero para reconocer lo mucho que nos brinda y, segundo, para que nos hagamos responsables de lo que entendemos que dice allí porque no es necesariamente lo que nosotros creemos. No remite a una especie de agnosticismo general, sino que la relación entre la propuesta de un significado y la interpretación fundan subjetividad. Aparece un sujeto que lee, piensa. Es indispensable porque es un riesgo. La educación en términos de progreso tiene que ver con esto.

CONOCIMIENTO

El conocimiento puede ganar acepciones nuevas, a través de un fenómeno notable que es cómo la especialización tiende a promover una visión fragmentaria de la relación con nosotros. Tendemos a reunirnos entre personas que hacen lo mismo. Mucho más allá está la finalidad del conocimiento, que es generar interdependencia con otro, responsabilidades compartidas. Hemos llevado la especialización hasta la feudalización. Cada uno está en su ámbito, exclusivamente, lo que genera cortes en la comunicación que se traducen en una muy mala formación cívica, por ejemplo.
Debemos educar a nuestros jóvenes en la conciencia de su responsabilidad cívica, simultáneamente con lo que les transmitimos en términos de saber. El conocimiento se ha fragmentado. Tenemos facultades pero ya no más universidades. El sentido de la interdependencia con otras formas de saber no lo tenemos. Concebimos el arte como una distracción. ¿Qué conmueve en nosotros tan profundamente la tercera sinfonía de Beethoven? No sabemos y aplaudimos porque no tenemos palabras. Si pudiéramos pensar que la música trasciende los significados y colma nuestra vida aprenderíamos mucho. ¿Vale la pena poner una sinfonía en una clase de física? Creo que sí porque el concepto de finito puede ser trabajado de varias maneras y un algoritmo y una nota se parecen bastante. Necesitamos universitarios, gente que tenga el sentido de la interdependencia. Nunca como hoy ética y conocimiento demandan su relación recíproca. De lo contrario, sólo seremos eficientes. La eficiencia sin ética puede ser monstruosa. Vinculemos la eficiencia a la ética. Enseñemos que pertenecemos a un tiempo que necesita buscar el espacio de lo complejo y no de la simplificación.

GLOBALIZACIÓN

A esta globalización de hoy la precedieron muchas otras. La primera forma de globalización de la que tenemos conocimiento es el imperio romano. A ésta le siguió otra de carácter espiritual: la Cristiana, que propuso la idea de que un individuo habita la fe, y la judía, que propuso un libro como vivienda de un pueblo disperso. El amor al prójimo, la fe; una forma fundamental de globalización, a la que siguieron otras, como el descubrimiento de América que acarreó la idea de europeizar el nuevo mundo.

La Revolución Francesa: la idea de que un individuo tiene la dignidad propia de su condición humana y no de la idea de clase o de la suscripción de un título.

La era industrial: la idea de que la industria es un recurso que puede ser universalizado, ciertamente controlado por el poder.

Después viene la nuestra: esa globalización está orientada hacia la idea de reducir la diversidad a la unidad de una identidad y por eso estas problemáticas. Necesitamos que se respeten las diferencias, en la concepción de la interdependencia. Universalidad del saber con ecuanimidad.  Son desafíos de nuestro tiempo. Aprendamos a aprender».

Kovadloff entona sus últimas frases con su particular vozarrón, refresca sus labios con el agua que esperaba su oportunidad en la copa que decoraba su atril y vuelve a repetir: «Aprendamos a aprender«, saludando al colmado auditorio que, primero comenzó a despedirlo tímidamente para, poco a poco, ponerse de pie aplaudiendo a rabiar a este pensador que nos dejó su sello inigualable.
Santiago Kovadloff (Buenos Aires, 14 de diciembre de 1942) es ensayista, poeta, traductor de literatura de lengua portuguesa y autor de relatos para niños. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid. Es miembro correspondiente de la Real Academia Española, miembro de número de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.
Se desempeña profesionalmente como profesor privado de Filosofía y conferencista. Es colaborador permanente del diario La Nación de Buenos Aires.