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TRANSFORMAR LA BASURA COMO PLAN DE ESTUDIOS

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Débora Garofalo es una profesora brasileña de 39 años que enseña materias de tecnología en un área marginada de
San Pablo. La docente impulsó a sus alumnos a reciclar los desechos de la calle para que les den un uso productivo y vean por ellos mismos que pueden cambiar su realidad. Gracias a su iniciativa, sus estudiantes transformaron más de una tonelada de basura en prototipos de Robótica.

La Escuela Municipal de Enseñanza Ari Parreiras está ubicada entre cuatro favelas, en la periferia de la ciudad de
San Pablo, en Brasil. La profesora Débora Garofalo llegó hasta ahí con avidez por enseñar y una experiencia laboral
acumulada en la industria bancaria.

Comenzó a dar clases en los primeros años de la escuela, pero pronto se dio cuenta de las carencias de los estudiantes más avanzados en habilidades necesarias para el trabajo. Por eso, cuando en 2014 la escuela necesitó una profesora para enseñar Informática, ella se postuló para ocupar el lugar. Pensó que ésa podía ser la vía para impactar en la vida de chicos y jóvenes, en una región marcada por la pobreza, la convivencia con la basura, las inundaciones y la droga.

La idea fue unir su disciplina a la problemática de la comunidad con un proyecto para transformar residuos en
prototipos de Robótica. Esa iniciativa que, entre otras cosas, permitió sacar una tonelada de basura de las calles, la ubicó como una de las diez finalistas al Global Teacher Prize, el premio conocido como el Nobel de la Educación que la Fundación Varkey concede anualmente.

Débora cruzó la alfombra roja de la educación junto al maestro argentino Martín Salvetti (ver nota edición 84).
Ambos fueron los dos únicos latinoamericanos seleccionados para la premiación que se desarrolló en marzo en
Dubai (Emiratos Árabes Unidos).

A pasos de la costa del Golfo Pérsico y a miles de kilómetros de distancia de su tierra paulista, la profesora brasileña mantuvo esta charla con la Revista COLEGIO, encantada de trasmitir lo que ella sostiene como un mantra: “Los
estudiantes son capaces de construir un presente mejor, independientemente de su condición social”.

-¿Cómo nació el proyecto por el que fuiste reconocida internacionalmente?

Nació de la voluntad de transformar la vida de los niños de las favelas de San Pablo, de darles herramientas. Mi escuela está rodeada de favelas. Percibí que muchos alumnos no iban a la escuela en días de lluvia porque no podían salir de sus casas, y que las inundaciones se agravaban por la cantidad de desechos en las calles. Para trabajar en Robótica era necesario incorporar esa problemática a la currícula e involucrarlos.

-¿Qué devolución tuviste en la escuela y el entorno?

Al principio hubo cierta desconfianza, pero enseguida lo entendieron. Les pedí que observaran en qué lugares la gente descartaba los desechos electrónicos y objetos reciclables.

Empezamos golpeando puertas con los chicos para sensibilizar a la comunidad sobre el reciclaje, reducción y reutilización de los materiales. Para eso, nos dividimos en 23 senderos. En esos recorridos, recogimos residuos plásticos y electrónicos. Un poco de todo para llevar a la escuela y hacer nuestros prototipos. A lo largo de tres años, convertimos una tonelada de basura en robots, carritos y aviones movidos por circuitos eléctricos.

Aparte de eso, nosotros hacemos una feria de tecnología donde los alumnos pueden ex plicar a la comunidad lo que hicieron y transformaron con basura. Es una forma de actuar social y ecológicamente, de manera sustentable dentro de la comunidad.

-¿Qué te llevo a dejar tu trabajo en la industria bancaria?

Estoy formada en Letras y empecé allí porque necesitaba trabajar para pagar la facultad, pero siempre quise ser
maestra. Me preparé para la escuela pública porque considero que ahí los docentes podemos hacer la diferencia.

-¿Cuál es el desafío que te planteaste en un escenario de escasez de recursos?

El desafío es muy grande porque los propios chicos traen la violencia a la escuela. Vemos la extrema pobreza de ciertos chicos, la falta de saneamiento básico, de comida, casa, ya que la mayoría está próxima a un arroyo grande que está muy contaminado. El contexto ya era un desafío. Entonces, trabajar con esos chicos sobre la basura era un punto crucial en la vida de ellos, para levantar su autoestima pero también para que encontraran un nuevo significado en la escuela. Pensé en la tecnología como una propulsora del aprendizaje para que los propios chicos puedan intervenir en sus comunidades. Yo siempre les digo a ellos que no son las condiciones las que determinan su futuro sino ellos mismos.

La docente brasileña Débora Garofalo junto a sus alumnos
La docente brasileña Débora Garofalo junto a sus alumnos

-¿Cómo cambió la vida de los chicos?

Conseguimos reducir un 93 por ciento la deserción escolar y 95 por ciento el trabajo infantil. El índice de nivel de conocimiento de la escuela también mejoró ampliamente. Los estudiantes ahora logran asistir a clases porque, entre otras cuestiones, bajaron las enfermedades. La basura, a su vez, es un problema menor con los vecinos
ayudando a frenar la acumulación. Esto nos demostró que es fundamental que los maestros consigamos adaptar la currícula al contexto social.

Es fundamental construir una educación por fuera de los muros de la escuela, que no sea una escuela que sólo produzca conocimiento sino que pueda actuar en soluciones locales. 

-En un video de presentación de tu escuela y tu proyecto, una de las alumnas dice que no quiere el futuro que ve para ella sino algo mejor. ¿Cambió algo a partir de la implementación de la iniciativa?

Sí. Es muy triste hablar de eso, pero mis chicos de 11 a 14 años no tienen perspectivas de vida. Y eso es algo chocante para cualquier profesor. Afortunadamente, comprendieron el gran potencial que tienen en sus manos de transformar la sociedad. El primer grupo de Robótica de por lo menos 30 alumnos ya está llegando a la universidad pública. Y es una de las mejores universidades de Brasil. Ésa es mi mayor alegría porque entendieron que pueden ser algo en la vida.

Nota: María Julia Mastromarino

La docente brasileña Débora Garofalo junto a sus alumnos