“¿En dónde nos debemos parar para sacar provecho a esta travesía colectiva de tres días y que no sea un congreso más?” Ese fue el desafío que plantearon Juan María Segura y Marcelo Rivera a los asistentes del VII Congreso de Educación & Desarrollo Económico”, celebrado en Punta del Este (Uruguay) a finales del pasado mes de octubre. Y para dar los primeros pasos, nos plantearon a Santiago Kovadloff (ensayista, poeta, traductor… hombre sabio y potente orador) y a mí (un humilde representante del mundo educativo) que mantuviéramos una conversación tranquila y profunda a propósito de este tiempo de incertidumbres y encrucijadas. Escribo estas Mudanzas, inspirado en aquella hermosa conversación.
Hablar con Santiago es dejarse llevar hacia cualquier sitio porque sabes que en la travesía la conversación te va a llevar al ámbito de la intimidad y el crecimiento. Como él señaló, “estar solo es poner en juego la propia persona. La otra soledad es absoluta ausencia“. Por eso le pregunté quién es nuestro Virgilio, estableciendo una relación metafórica con la de un acompañante con autoridad moral al estilo de un maestro. Virgilio fue el poeta clásico que escogió imaginariamente Dante para que le acompañara al Infierno y al Purgatorio en su búsqueda espiritual en la Divina Comedia. Y Santiago responde, citando al físico Arthur Eddington, que nuestro Virgilio “no es aquel que sabe a dónde conducirnos, sino aquel que sabe a dónde corremos el riesgo de ir sin querer“.
El mundo educativo siempre ha sido un gran relato. A veces heroico, a veces errático, pero siempre lleno de vida. Es la historia de miles de docentes, estudiantes, familias e instituciones que, sin saberlo, están escribiendo juntos el destino de la humanidad. Sin embargo, en los últimos años, esa historia parece confundida. Avanza sin rumbo claro, atrapada entre la tradición y la urgencia. Hay quienes repiten viejas fórmulas, como si el pasado bastara para iluminar el futuro. Y otros que, con prisa, improvisan caminos sin brújula.
Santiago reflexiona que enfrentar una crisis no es algo inédito en la historia de la humanidad, puesto que nuestra historia está caracterizada por desafíos perpetuos que el ser humano afronta. Y nos interroga por qué, si no, existen perpetuamente un Dante, un Sócrates o un Montaigne… o aquellos agoreros que afirmaron que con la imprenta se acababa todo, o que con la imprenta se renovaba todo. Los seres humanos somos una especia inconclusa, productora de interrogaciones.
Hay que mirar más profundo: entender que la educación no puede ser un campo de ensayo improvisado, sino una obra coral, intencionada, consciente de su propósito. La educación no es un acto técnico, sino un acto de sentido. Es un proyecto de humanidad. Educamos para que los alumnos puedan optar en el mundo desde el conocimiento y una escala de valores.
Compartimos con Santiago la necesidad de ver la escuela como comunidad de aprendizaje, como un espacio donde se dialoga, se reflexiona y se construye colectivamente. “Los pueblos no se improvisan: se educan.” dejó escrito Domingo Sarmiento. El mundo educativo enfrenta su dilema: seguir siendo un sistema que repite rutinas o convertirse en un ecosistema de sentido.
La tentación de la mediocridad es fuerte: simplificar, cumplir, sobrevivir.
Pero el conflicto se resuelve solo cuando los actores se reconocen parte del relato y entienden que la educación no es un servicio, sino un compromiso ético con el futuro.
El mundo educativo debe comprende que su tarea no es acumular contenidos, sino cultivar conciencia. Aprender que su historia se renueva cuando se atreve a ser crítica, cuando el aprendizaje se vuelve vida, y la escuela, un lugar donde se construye esperanza. El futuro dependerá de cómo escribamos juntos esta historia.
Referente Internacional en Transformación Educativa desde una mirada integral.
Autor de Educar para la vida y Escuelas que valen la pena.
Fue director del Colegio Joan XXIII (Barcelona) y director adjunto de la Red de Colegios de Jesuitas de Cataluña.
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